El pequeño Shakespeare increpa a Dios sobre la muerte

Terminó el paseo terrenal de Roberto Gómez Bolaños, quizá se fue sin querer queriendo porque la muerte no le tuvo paciencia.

Humorista decente e impecable que deja impronta indeleble en los corazones de varias generaciones. Sus guiones tenían el ingrediente del éxito: la pasión vívida, “la chispa” de sus diversos personajes – héroes cotidianos que conectaban sus historias con la realidad de la mayoría de la gente – antagonismo fruto de las vicisitudes que tocaba fibras con humor y conmoción y finalmente aquellos momentos de inspiración en el que se superan con alegría los momentos difíciles para seguir erguidos con optimismo para enfrentar los nuevos retos que nunca faltan y que son la forma como la vida nos toma examen.

Lo único que se me ocurre como homenaje, es recordar el poema sobre la muerte que recitó en una entrevista para una canal de televisión colombiana.

Yo que iba tan tranquilo,

Acercándome al final de mi vida terrenal,

De pronto dudo y vacilo

¿Es verdad que no hay asilo para el alma?

¿Que morir es dejar de existir?

¿Que la fugaz existencia,

No tiene la trascendencia,

Que me dejaron intuir?

No, eso no, por favor.

Yo con mi libre albedrío,

Me atrevo a decir Dios mío

Que debe haber un error.

Y perdóname Señor, si con esto te incomodo,

Sin embargo, de algún modo, te lo tengo que decir:

¡No me vayas a salir, con que aquí se acaba todo!

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